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Ragnar Hagelin - Se nos va un hombre ejemplar Dagmar y Ragnar Hagelin. Foto: Archivos, privada. Montaje: Magazín Latino.

Ragnar Hagelin - Se nos va un hombre ejemplar

22 de octubre de 2016 | OBITUARIO |

“Confío en que su ejemplo perviva en la memoria de todos nosotros y las futuras generaciones para que se respeten más los derechos humanos y, a su vez, que su lucha nos permita conocer algún día el último episodio de la vida de su querida hija Dagmar”, escribe el historiador español Fernando Camacho en este obituario a Ragnar Hagelin. Su hija, Dagmar Hagelin, fue secuestrada con tan solo 17 años por un comando de la junta militar argentina, en 1977. Desde entonces se encuentra desaparecida. 

Ragnar Hagelin libró una incansable lucha en búsqueda de la verdad sobre lo ocurrido a su hija, y porque se hiciera justicia. Falleció el 12 de octubre, a los 83 años de edad.



Por: Fernando Camacho

 

Hoy me entero que recientemente falleció Ragnar Hagelin, un hombre de una fortaleza y una energía ilimitada. Una persona cuyo compromiso por los derechos humanos y por su deseo de esclarecer lo sucedido a su hija de 17 años Dagmar Hagelin durante los años de plomo en Argentina (1976-1983), luchó hasta el fin con una entereza y una dignidad poco común. El día que desapareció Dagmar, el 27 de enero de 1977, Ragnar inició una larga búsqueda que duró hasta el fin de sus días.

 

Su perseverancia y su valentía generó preocupación y profundo malestar a la Junta Militar. Dado que Dagmar y él poseían la nacionalidad sueca, el gobierno del país escandinavo insistió notablemente a su par argentino en que se respetaran los derechos humanos y se investigara el caso. Ragnar, junto con el resto de su familia, tuvo que exiliarse a Suecia ante las constantes amenazas de muerte que recibía de parte de los miembros fuerzas armadas y grupos de tareas. Hasta la fecha no se sabe con exactitud cuál fue el destino de Dagmar, más allá de que antes de su desaparición permaneció retenida en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) por varios días, y que se encontraba herida por una bala que le fue disparada durante su detención. Por suerte, varios de los responsables por su secuestro y desaparición fueron llevados a los tribunales de justicia y han recibido largas condenas de cárcel, como el Jorge (Tigre) Acosta y Alfredo Astiz, también conocido como “el ángel de la muerte”.

 

Desde que empecé a interesarme por el terrorismo de Estado en el Cono Sur, siempre tuve muy presente el caso de Dagmar. Si bien se conoce sobradamente la magnitud de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Argentina, en Europa apenas llega información de los casos individuales de personas que fueron hechas desaparecer. No obstante, Dagmar fue una de las excepciones, por las propias características en las que se dieron los hechos, por tratarse de una menor de edad con nacionalidad sueca y, sobre todo, por la constante y paciente actitud de Ragnar a la hora de exigir justicia.

 

Al poco tiempo de llegar a Suecia, en la primavera del año 2005, decidí ponerme en contacto con Ragnar. No tenía realmente conocimiento si todavía vivía en Suecia, y menos todavía si estaría dispuesto a encontrarse conmigo. Encontré su número de teléfono rápidamente en la guía telefónica y me dispuse a llamarle.  

 

El motivo de mi llegada al país escandinavo fue exclusivamente para conocer de cerca la vida de los exiliados chilenos que llegaron durante los años de la dictadura del dictador Pinochet (1973-1990), así como el ejemplar movimiento de solidaridad sueco que existió en esos años con Chile. No obstante, durante la primavera del 2004 había residido un tiempo en Buenos Aires para hacer una investigación sobre la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP). Por ello, tenía muy presente el caso de Dagmar y, asimismo, por todos los informes diplomáticos que leí sobre su caso y encontré en el archivo histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile.

 

Desde el primer momento, Ragnar accedió a encontrarse conmigo. Con mucha frecuencia venía a verme al Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Estocolmo, donde tenía mi despacho. Íbamos almorzar en el comedor estudiantil y allí conversábamos largo y tendido de cualquier tema, no sólo de derechos humanos, si bien es cierto que solía ser el tema central. Siempre me contaba las peripecias de sus hijos, de quienes se mostraba muy orgulloso. También destacaba constantemente lo mucho que amaba a su esposa. Desde el primer encuentro lo sentí muy cercano, sumamente humano, sensible, comprometido y de una dignidad poco corriente. Solía llamarme por teléfono para desearme una feliz Navidad o unas buenas vacaciones de verano.

 

Recuerdo con mucho detalle las conversaciones con Ragnar, pero de todas sus palabras, quizás la que más conmoción me hizo fue cuando me dijo las siguientes palabras: “Resulta terrible hacerte famoso por sufrir una tragedia tan horrorosa como es el asesinato de tu hija”.

 

Su ejemplo me llevó a invitarle a dar una conferencia en la Universidad de Estocolmo con motivo del 30 aniversario del golpe de Estado de Argentina (2006), y la fecha elegida fue el 11 de septiembre, en recuerdo de los amigos chilenos. Quería que mis estudiantes conocieran en primera persona a Ragnar, fundamentalmente por su firmeza y su moral en defender los derechos humanos. En una de las salas más grandes del campus se organizó el acto que llegó a reunir cerca de 200 personas. Una buena parte se quedaron de pie. Ragnar detalló toda la experiencia vivida y la situación judicial en la que se encontraban los responsables del asesinato de su hija. Para acompañar su conferencia, preparé un power point con fotografías de distintos momentos de la vida de Dagmar. Durante varias semanas, Ragnar me tuvo la confianza de dejarme esas fotografías originales, incluso el pasaporte sueco. Ese fue uno de tantos gestos de cercanía que él estableció conmigo.

 

Como era de esperar, la conferencia de Ragnar generó gran expectación, la cual se vio únicamente superada por la satisfacción del público tras escucharlo. Él era además un excelente orador, su testimonio te llegaba directamente al alma. La primera vez que me contó su historia me dejó extremadamente consternado. A causa de mis investigaciones, he escuchado decenas de víctimas testimonios de sobrevivientes del terrorismo de Estado o de sus familiares, pero debo insistir en que muy pocos me llegaron tan profundamente como las palabras de Ragnar. Durante varios días tuve sus palabras muy presentes en mi corazón y mi memoria.

 

Su muerte me genera una gran conmoción, que me lleva a escribir estas palabras. Hacía algún tiempo que no sabía nada de él, especialmente desde que dejé Suecia a fin del año 2013. Por desgracia, no es la única persona con tanta integridad y valentía que se nos ha ido en estos últimos años. En el último tiempo han ido falleciendo muchos de los exiliados latinoamericanos con los que me encontré y con los que establecí lazos de amistad. Sus ejemplos, sus vidas, su conocimiento, su simpatía y su cariño hacia mi hoy por hoy han ido definiendo mi identidad. No puedo dejar de recordar muy especialmente a Carlos Vidales, a Humberto Vázquez Viaña, y a José Guevara, pero tampoco a otros compañeros que, sin estar tan cercanos, también me recibieron con una amabilidad y cariño extraordinario, como Carlos Foresti, Rubén Ubeira, Adrián Santini, Freddy Weitzel o Gastón Villamán, por citar algunos de ellos.

 

La partida de Ragnar me hace revivir todos los momentos que compartimos, todas las conversaciones y su cariño. También me hace pensar los motivos por los que nos conocimos. Confío en que su ejemplo perviva en la memoria de todos nosotros y las futuras generaciones para que se respeten más los derechos humanos, y, a su vez, que su lucha nos permita conocer algún día el último episodio de la vida de su querida hija Dagmar.

 

Ragnar Hagelin luchó durante toda su vida porque se hiciera justicia en el caso de su hija, Dagmar.

 

 

 

 

 

 

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