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La difícil erradicación de la violencia machista

La difícil erradicación de la violencia machista

Hoy, 25 de noviembre, se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.

En esta columna, la Psicóloga y Escritora Thamar Alvarez plantea algunas interrogantes. “El machismo parece haberse vuelto un fenómeno fácil de identificar, pero difícil de erradicar. ¿Por qué? ¿Qué es lo que falla si está tan establecido, descrito y delimitado? Se me ocurren algunas respuestas, pero creo que el tema da para un amplio debate donde podríamos obtener muchas más”, escribe.

 

 Por: Thamar Alvarez Vega

 

Hoy, como cada 25 de noviembre, es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. Los homenajes y conmemoraciones se suceden ante mis ojos en los medios del mundo entero, llevándome a múltiples reflexiones y una única pregunta: ¿por qué se ha vuelto tan difícil erradicar la violencia machista? Y me parece obvio que la respuesta está relacionada con otra pregunta previa: ¿por qué se ha vuelto tan difícil erradicar el machismo a nivel mundial?

Creo que la respuesta amerita el análisis de varios aspectos. Comencemos por la definición. La RAE define el machismo como “Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres” y “Forma de sexismo caracterizada por la prevalencia del varón”. La sola palabra conlleva, por lo tanto, elementos peyorativos tales como prepotencia, sexismo y supremacía del hombre sobre la mujer. Aspectos que son, en la práctica, actitudes que implican sometimiento, discriminación, cosificación de un ser humano, y desigualdad en oportunidades y derechos.

Es decir, la sola palabra “machismo” en sí tiene una connotación negativa y señala una actitud reprochable, criticable y condenable a todo nivel. Desde ningún ángulo es un aporte a la convivencia familia y/o social y, por el contrario, está relacionado con daños, perjuicios, prejuicios y violencia física y psicológica contra la mitad de la población mundial: las mujeres.

Sin embargo, y pese a todas las razones que podemos esgrimir en contra del machismo y de sus consecuencias, del alto número de agresiones y crímenes cometidos por hombres machistas, de la ingente cantidad de medidas sociales, educacionales, administrativas y legales – a todas luces insuficientes – que se toman para evitar y sancionar sus efectos, de cómo el número de víctimas fatales aumenta en lugar de disminuir (tanto de mujeres adultas como niñas y adolescentes); en lugar de observar, como digo, que el machismo, como fenómeno, como actitud, como conducta (personal y social), disminuya o tienda a su desaparición, se mantiene e incluso se afianza, independiente de la cultura, marco de creencias o lugar del mundo donde se manifieste.

Así las cosas, el machismo parece haberse vuelto un fenómeno fácil de identificar, pero difícil de erradicar. ¿Por qué? ¿Qué es lo que falla si está tan establecido, descrito y delimitado? Se me ocurren algunas respuestas, pero creo que el tema da para un amplio debate donde podríamos obtener muchas más.

Una de las razones, a mi juicio, es la enorme dificultad para superar la mentalidad patriarcal imperante hasta el día de hoy en el planeta. Y no solo porque haya países cuya mentalidad, sistema político o creencias religiosas tengan una base, unos principios y un fundamento estrictamente patriarcal – donde las mujeres son ciudadanos de segunda clase y viven sometidas a la vigilancia de los hombres – sino porque incluso en aquellos lugares del mundo que se reconocen como democráticos y respetuosos de los derechos humanos, muchas conductas y actitudes machistas se han normalizado al punto de ni siquiera ser vistas como tales. Es más, estos mismos países que se dicen democráticos avalan, en nombre de la democracia, partidos políticos cuyo ideario niega la existencia de la violencia machista. Y todo esto, lógicamente, favorece la reproducción del modelo machista en contra de las mujeres pese a que, de la boca para afuera, la mayoría de los países se declaren defensores de la igualdad de derechos y oportunidades.

Esto último es pura teoría. En la práctica, en la mayoría de los países del mundo las mujeres ganan menos sueldo que los hombres por una carga laboral similar; cobran pensiones más bajas aunque el tiempo de trabajo total haya sido el mismo o equivalente; la maternidad sigue siendo, en muchas ocasiones, causa de perjuicios a nivel laboral y social; la carga del hogar familiar sigue recayendo en mayor medida sobre las mujeres; el número de mujeres ocupando altos cargos o posiciones de alta responsabilidad sigue siendo menor que en el caso de los hombres; las familias uniparentales están mayoritariamente a cargo de las madres y sin apoyo del padre; las denuncias por violencia intrafamiliar no son consideradas con la misma seriedad que otros delitos e incluso hay países donde simplemente no las acogen.

Por otro lado, los porcentajes mundiales con respecto a la violencia de género son claras: la OMS reconoce “que el 35% de la población femenina ha sufrido alguna vez en su vida violencia física y/o sexual de un compañero sentimental, o violencia sexual de otro hombre sin esa relación”, mientras que algunos estudios en diferentes países elevan el porcentaje hasta el 70%. Pese a ello, ni la sociedad ni la justicia han respondido de forma contundente contra delitos violentos cometidos contra mujeres. De hecho, en general las leyes han ido agravando la penalidad – con lentitud y escasa eficiencia – pero también las condiciones por las cuales un crimen machista pueda obtener beneficios posteriores, logrando rebajar las penas. La mayoría de las sentencias por abusos sexuales, violación, violencia machista y asesinatos cometidos contra las mujeres terminan en sentencias bajas o no cumplimiento completo de las condenas. El que esto ocurra también con otro tipo de delitos no es ninguna justificación.

La violencia machista es un fenómeno que afecta a las mujeres por el hecho de serlo, y que precisa no solo un tratamiento particular y sanciones firmes, sino un trabajo decisivo a nivel cultural y social – con intervención de todos sus actores y ámbitos: familias, sociedad, administración, educación, salud, trabajo, marco legal - que supere una mentalidad patriarcal obsoleta, injusta y, a todas luces, peligrosa para las mujeres de todo el mundo.

 

Esplugues de Llobregat, Barcelona
25 de noviembre de 2021

Thamar Alvarez Vega
Psicóloga y Escritora

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  • El Winnipeg, el barco de la esperanza

    La pintora Cecilia Zabaleta y la escritora Thamar Álvarez son dos chilenas que comparten una historia: sus abuelos llegaron a Chile en el emblemático Winnipeg, el barco con el que Pablo Neruda ayudó a salvar a más de dos mil refugiados de la guerra civil española.

    ´ “Ni Cecilia Zabaleta ni yo pudimos conocer a nuestros abuelos. La pintora nació cuando su abuelo ya había fallecido y mi abuelo murió cuando yo tenía un año y cuatro meses. Solo alcancé a llamarlo “Tata Olo” ´, escribe, en esta columna, Thamar Álvarez.

     

      Por: Thamar Alvarez Vega

     

    Este fin de semana tuve la oportunidad de visitar la exposición “Boleto de Ida”, de la pintora chilena Cecilia Zabaleta, en el barrio de la Barceloneta, en Barcelona. Así expresado, sería la exposición pictórica de una inspirada artista nacional, pero su obra es mucho más que eso. Es un aporte muy valioso y emotivo a la memoria histórica chilena y española, por cuanto sus cuadros reflejan una experiencia familiar asociada con un evento histórico en el que muchos chilenos y chilenas estamos (me incluyo) involucrados.

    Este evento es la guerra civil española y, más en concreto, la llegada de un barco, el Winnipeg, al puerto de Valparaíso el 2 de septiembre de 1939. En su interior, llevaba a más de dos mil refugiados españoles, hombres, mujeres, niños y niñas. Entre ellos, el abuelo de la pintora, Antonio Zabaleta, procedente del País Vasco, y mi abuelo, Manuel Álvarez, de Asturias.

    El Winnipeg había sido fletado por el gobierno del presidente Pedro Aguirre Cerda, quien contó con la colaboración del poeta Pablo Neruda. Éste había sido cónsul en España durante el gobierno de la Segunda República (derrocada por el militar golpista Francisco Franco) y, meses después del término de la guerra civil, fue nombrado cónsul especial para la inmigración republicana española. Sus gestiones en Argentina y Uruguay, solicitando apoyo logístico para acudir al rescate de los refugiados españoles en suelo francés, fueron exitosas. El barco zarpó del puerto de Pauillac el 4 de agosto de 1939 y llegó a Valparaíso un mes después.

    Los casos de Antonio Zabaleta y mi abuelo Manuel Álvarez nos entregan datos importantes que nos permiten describir la suerte que corrieron los exiliados españoles en Chile: sus vicisitudes y destinos. Antonio Zabaleta era apenas un adolescente cuando embarcó; mi abuelo tenía más de veinte años. El primero embarcó solo, pero tuvo la inmensa fortuna de encontrarse con su padre en el navío. Mi abuelo embarcó solo y solo llegó a Valparaíso. Hubo, sin embargo, también muchas familias que pudieron embarcar y mantenerse unidas. En los años noventa, conocí en Santiago a una familia chileno-catalana descendiente de un matrimonio que llegó en el Winnipeg con dos hijas pequeñas. Solo la madre y la hija menor (hubo un tercer hijo nacido en Chile, pero a la fecha fallecido) sobrevivían en aquella época. La hija se desempeñaba como profesora en la Universidad Católica de Chile.

    La gran mayoría de los refugiados llegó con lo puesto y apenas unas pocas pertenencias; eran de clase media, y los hombres ejercían oficios. Asimismo, fueron esforzados trabajadores que salieron adelante trabajando duro y con perseverancia. Famosa es la anécdota que vivió Pablo Neruda antes de la partida del navío desde costas francesas. El poeta entrevistó uno por uno a los refugiados prestos a embarcar. Les hacía preguntas sencillas, y una de ellas era a qué se dedicaban en España para ganarse la vida. Uno de ellos le respondió que era corchero. Neruda le preguntó si era consciente de que en Chile no había alcornoques (el árbol a partir del cual se fabrican los corchos), a lo que el hombre, con firmeza castiza le respondió: “Pues los habrá”.

    Antonio Zabaleta, tal como cuenta su nieta, trabajó el primer tiempo en una zapatería, en Valparaíso; pero su buen corazón terminó causando que lo despidieran, pues a la gente pobre le regalaba los zapatos. Finalmente, se trasladó a Santiago, donde conoció a la que sería su esposa, y allí se afincó. Mi abuelo se desempeñó en diversos oficios y, a la fecha de su muerte (en agosto de 1966), trabajaba en una tienda de camisas en Valparaíso, donde se había radicado. Exiliado como estaba, se preocupó siempre de hacer llegar a su familia en España parte del dinero que ganaba. En Oviedo quedaron esposa y dos hijos con los que, lamentablemente, nunca pudo reencontrarse. Mantuvo siempre sus ideales republicanos y anarquistas, por lo que sus relaciones con la administración española en Chile (consulados, embajada) eran distantes y malas. Tampoco era asiduo del Club Español de Valparaíso, pues ahí se reunía la flor y nata del franquismo español. Con el tiempo, conoció a mi abuela Adriana y, debido a las malas relaciones con las autoridades, nunca pudo inscribir a mi padre (nacido en 1945), por lo que éste debió recuperar la nacionalidad española ya exiliado en Oviedo, a mediados de los años setenta. El exilio en 1974, esta vez de mis padres, mi hermana y yo tras el golpe de Estado de 1973, parecía convertirse en un karma familiar.

    Ni Cecilia Zabaleta ni yo pudimos conocer a nuestros abuelos. La pintora nació cuando su abuelo ya había fallecido y mi abuelo murió cuando yo tenía un año y cuatro meses. Solo alcancé a llamarlo “Tata Olo” (pues estaba muy pequeña aún para llamarlo “Tata Manolo”) y, eso sí, a ser una nieta regalona y muy querida por él.

    La exposición de Cecilia Zabaleta es mucho más que una muestra pictórica. Es un viaje al pasado en el navío del amor y de la memoria histórica de Chile y España. Un recuerdo emotivo y cargado de belleza a aquellos miles de refugiados españoles que llegaron a Valparaíso una noche de septiembre de 1939, solo con “boleto de ida”.

            

    Esplugues de Llobregat, enero de 2022

    Thamar Álvarez Vega

    Escritora y Psicóloga

     
    El abuelo de la escritora Thamar Álvarez Vega, Manolo Álvarez, llegó a Chile en el Winnipeg, que arribó al puerto de Valparaíso el 2 de septiembre de 1939. 

  • 11 de septiembre de 1973 - Una fecha para Nunca Más

    “Hoy se cumplen 48 años del golpe de Estado de 1973. Una traición imperdonable a la Constitución y al gobierno democráticamente elegido del presidente Salvador Allende, a Chile entero. Una acción bárbara, sanguinaria, criminal y asesina”, escribe la psicóloga y escritora Thamar Álvarez Vega. ¿Cómo vivieron los niños ese día fatídico en la historia de Chile? La autora nos comparte su experiencia y nos recuerda la importancia de la memoria histórica.

     

     Por: Thamar Álvarez Vega

     

    Hoy, 11 de septiembre, se conmemora uno de los eventos más duros, crueles y sanguinarios de la Historia de Chile. Pues se cumplen exactamente 48 años del golpe de Estado de 1973. Tengo claro que serán muchos los que rememoren este día desde su visión como militantes, simpatizantes, colaboradores, participantes o, simplemente, ciudadanos de a pie de la época de la UP y del gobierno del presidente Salvador Allende.

    Yo rememoraré ese día y los subsiguientes - previos al exilio de mi familia- desde la perspectiva de la persona que era entonces. Una niña de 8 años a quien el golpe de Estado alcanzó en su casa, en el seno de una familia de izquierdas, con abuelos, padres, tías y tíos militantes del PC y el MIR.


    Salvador Allende durante su campaña presidencial, con a los abuelos de la autora: Luis (a la derecha) y Raquel (izquierda). Foto: Privada. 

    Ustedes dirán que poco puede aportar a la memoria histórica y a la verdad una niña de tan corta edad. Pero se equivocarían. Pues lo que recuerdo de aquellos días impactó con tal fuerza en mi familia y en mi entorno, que me dejó imágenes, frases, escenas y, en suma, recuerdos imborrables. Como, estoy segura, ocurrió con muchos niños y niñas de entonces.

    El golpe de Estado comenzó muy temprano, en Valparaíso, puerto del que somos originarios todos los miembros de mi familia chilena. Mi abuelo, Luis Vega, era abogado y trabajaba como asesor jurídico del gobierno de Salvador Allende en la Intendencia de Valparaíso, sita en aquellos días en el edificio de la Armada, en Plaza Sotomayor. Desde muy temprano aquella mañana, captó movimientos sospechosos por parte de la plana mayor de la Armada e intentó alertar al presidente Allende por teléfono. No pudo. Fue detenido en la misma Intendencia y conducido, en primera instancia, a La Esmeralda, donde fue brutalmente interrogado y torturado. En los días y semanas siguientes, mi abuelo sería trasladado a Isla Dawson y, posteriormente, a los campos de concentración de Ritoque y Puchuncaví, donde seguiría sufriendo todo tipo de apremios y torturas.

    Mi padre, Víctor Manuel, fue exonerado de su trabajo y mi madre, Mariana, debió abandonar sus estudios universitarios en la Universidad de Playa Ancha pues esta cerró sus puertas con carácter indefinido desde el mismo 11 de septiembre. Ambos recibieron el aviso del golpe de Estado gracias a una vecina – en ese entonces vivíamos en la Población Empart de 15 Norte, en Viña del Mar – que recibió el llamado telefónico de mi abuela, Raquel, desde Valparaíso, y avisó a mis padres. Yo estaba en ese momento tomando mi desayuno, pues me aprestaba a acudir al Colegio Hebreo, donde estudiaba 4º básico. En ese mismo instante, con mi taza de té con leche en la mano, el mundo que me rodeaba cambió para siempre.


    Thamar junto a su hermana, Marcia y a su padre, Victor Manuel. Foto: Privada.

    El descalabro en mi familia podría verse como una metáfora, a escala menor, de lo que ocurrió en el país desde ese día oscuro. Un descalabro terrorífico que se volvió cotidiano en miles de hogares chilenos, y que para muchos de ellos duró 17 años.

    Muchas serían las remembranzas que podría compartir con ustedes de aquellos días. La visión del departamento de mis abuelos en Valparaíso luego del allanamiento sufrido por militares. El largo pasillo atestado de libros, revistas, posters, carpetas, que dificultaban el paso al transitar por este; los muebles corridos, las vitrinas volcadas, los cables arrancados de la pared… La detención de mi madre una noche de octubre, estando solas en casa, los golpes y gritos atronadores en la puerta, y cómo los militares se la llevaron no sin antes permitir – todo un detalle - que nos dejara a mi hermana y a mí al cuidado de una vecina, Inés; las detenciones de mis tías en la academia de guerra naval, el cuartel Silva Palma, y en el caso de una de ellas, en un barco de guerra, el Lebu; el llanto de mi abuela ante la violencia que sacudía a su familia; la radio transmitiendo una única palabra con voz tétrica y metalizada: “Esculapio”; el miedo y el desconcierto por la falta de información del estado de mi abuelo; mi padre alejado del peligro gracias al proverbial trabajo que un familiar le consiguió en Los Andes; la persecución que sobrevino después de la liberación de mi madre y mis tías; el transcurrir de los meses en un clima de amenazas constantes y la incertidumbre por el futuro del país. Y, finalmente, el exilio de toda mi familia, que dio comienzo a una diáspora que dura, para muchos de nosotros y nosotras, hasta el día de hoy.

    Sin embargo, no todos son recuerdos propios. Llegadas las Fiestas Navideñas y con mi padre ausente, mi madre, mi abuela, mi hermana y yo nos reunimos nuevamente en casa de Inés. Y lo que sucedió esa noche tuvieron que contármelo pues la tengo borrada, bloqueada. Por mi madre pude enterarme de que esa Nochebuena, ya oscuro, por el ventanal del jardín apareció una joven mujer disfrazada de Papá Noel. Desde dentro del departamento se apresuraron a abrir el ventanal y dejarla entrar, pues ya era hora del toque de queda. La joven les explicó que se encontraba sola, que su padre y su marido estaban presos y en paradero desconocido. Y que, sola y triste en su casa, había tomado la resolución de vestirse de fiesta y salir por la población a alegrar a los niños… Pero, allí sentada en el tresillo del salón, sus palabras se convirtieron en llanto desolado, que contagió a todos quienes la escuchaban. ¿A alguien puede extrañar que una niña bloqueara en su memoria una escena como esa?


    La autora junto a su hermana y a su madre. Foto: Privada.

    En una niña es comprensible. En un país, no. Hoy se cumplen 48 años del golpe de Estado de 1973. Una traición imperdonable a la Constitución y al gobierno democráticamente elegido del presidente Salvador Allende, a Chile entero. Una acción bárbara, sanguinaria, criminal y asesina. El principio de una dictadura cruel que duró 17 años y que significó miles de muertos, desaparecidos, exiliados, torturados, exonerados, relegados y mujeres violadas y también asesinadas y desaparecidas.

    Una fecha para no olvidar. Una fecha para Nunca Más.

     

    Esplugues de Llobregat, Barcelona, España

    Thamar Álvarez Vega 

    Psicóloga y escritora 

     


    Salvador Allende tenía una gran preocupación por los niños. El medio litro de leche diario fue una de sus emblemáticas medidas, que contribuyó a mejorar la calidad de vida, sobre todo de los niños que vivían en la extrema pobreza. Foto: Wikimedia.org.


    El Palacio de la Moneda siendo bombardeado, el 11 de septiembre de 1973. Foto: Archivos.

  • El indulto de la democracia española

    “El tema que estos días ocupa a la opinión pública con respecto al independentismo catalán es la intención del gobierno de España de indultar a los llamados “presos del procés”, es decir, a los políticos encarcelados a raíz del referéndum independentista del 1º de octubre de 2017. Esta posibilidad ha creado un clima de desavenencias y enfrentamiento entre las fuerzas políticas de derecha e izquierda en España, y también entre la ciudadanía”, escribe la escritora Thamar Alvarez Vega, desde Barcelona.

     Por: Thamar Alvarez Vega

    Cataluña ha sido, históricamente, una de las regiones más desarrolladas y prósperas de España. Y, en el último siglo, cuna de importantes eventos culturales, bastión de lucha contra el franquismo y refugio de miles de emigrantes procedentes del territorio español y del resto del mundo. Ha sido también, al igual que otras regiones españolas – como la vasca y la gallega – un territorio de ideales y defensa firmes con respecto a su identidad cultural, idioma y tradiciones. Defensa que ha llevado a Cataluña a una situación interna compleja, a nivel administrativo, político y social, y a una división que hasta el día de hoy no encuentra una solución que unifique a todos los catalanes. Y esta compleja situación a la que me refiero se resume en una palabra: independentismo.

     

    El origen del conflicto

    El independentismo catalán defiende la autodeterminación de toda la región bajo un gobierno independiente del gobierno central (ubicado en Madrid y que abarca a todo el territorio español) y no es un fenómeno nuevo, sino que tiene sus inicios a finales del siglo XIX, en el nacionalismo catalán, inspirado en el irlandés. De espíritu republicano y anti-monárquico, el nacionalismo catalán fue duramente reprimido durante las dictaduras de Primo de Rivera y Francisco Franco. Con la llegada de la Transición Española en 1976, Cataluña quedó asimilada a la administración – monarquía parlamentaria - y estructura territorial del país y, con la promulgación de la Constitución de 1978, pasó a convertirse en una Comunidad Autónoma junto al resto de las regiones españolas.

    Las primeras elecciones catalanas autonómicas tuvieron lugar en 1980. Las décadas de represión y persecución contra los líderes catalanistas sufridos durante los períodos dictatoriales no apagaron el espíritu republicano y nacionalista de los catalanes, y alcanzó su punto cúlmine el 1º de octubre de 2017, cuando el entonces presidente autonómico, el derechista Carles Puigdemont, lideró el referéndum de independencia de Cataluña y la declaración unilateral de independencia. Ambos hechos provocaron un quiebre con el gobierno central del derechista Mariano Rajoy, la intervención de la autonomía y el procesamiento de todos los miembros del Govern y la mesa del Parlament. Como consecuencia de esta situación, Puigdemont se refugia en Bélgica – donde permanece en la actualidad con el fin de eludir su encarcelación - y numerosos miembros del Parlament ingresan en prisión acusados de rebelión y organización criminal. El referéndum del 1º de octubre queda invalidado y las elecciones del 21 de diciembre de ese mismo año dan la victoria nuevamente al partido de Puigdemont (Junts) y, en su ausencia, Quim Torras es proclamado presidente del Parlament.

    Cabe destacar que, hoy en día, el independentismo divide a la población catalana y las últimas elecciones autonómicas fueron un reflejo de ello: si bien la mayoría de los votantes son adherentes de izquierda, aproximadamente la mitad de la población es independentista y la otra mitad anti-independentista. Y esta divergencia en torno al tema es un desafío que los gobiernos catalanes deben manejar con cuidado.

     

    ¿Indulto o democracia?

    Así las cosas, el tema que estos días ocupa a la opinión pública con respecto al independentismo catalán es la intención del gobierno de España de indultar a los llamados “presos del procés”, es decir, a los políticos encarcelados a raíz del referéndum independentista del 1º de octubre de 2017.  Esta posibilidad ha creado un clima de desavenencias y enfrentamiento entre las fuerzas políticas de derecha e izquierda en España, y también entre la ciudadanía.

    Mientras que el presidente socialista Pedro Sánchez y su gobierno de coalición defienden el indulto como una forma de iniciar un proceso de diálogo y acuerdos con el actual gobierno catalán, (una coalición independentista surgida de las últimas elecciones catalanas, en febrero de este año), la derecha española se opone con vehemencia acusando al indulto de “injusto” y “antidemocrático”, y ha convocado para hoy, domingo 13 de junio, una manifestación en todas las capitales autonómicas españolas – lideradas por Madrid – y una recogida de firmas en contra del indulto. Acciones que ya se llevaron a cabo años atrás, en el gobierno de Rajoy, y salvo expresar el sentir y pensamiento de la derecha y ultraderecha españolas, no han aportado ningún avance ni solución a la situación sociopolítica en Cataluña relacionada con el independentismo.

    El hecho es que los indultos son perfectamente legales y prerrogativa del gobierno en activo, y ha sido utilizado por el Ejecutivo tanto por gobiernos de izquierda como de derecha en las últimas décadas. Además, en efecto, “el tema catalán” ha quedado en suspenso y sin acuerdos desde el fallido referéndum independentista y, como también opinan partidos de izquierda y centroderecha vascos, catalanes y valencianos, ha llegado la hora de poner fin a los disensos y diferencias entre Cataluña y el gobierno central. En todo caso, cabe destacar que el indulto se ha convertido también en una controversia entre los partidos catalanes y los mismos presos del procés. Y así como algunos lo consideran una medida positiva y favorecedora del entendimiento y el diálogo, otros lo ven como una claudicación de sus objetivos, por lo cual en lugar de indulto exigen una amnistía. Es evidente que los acuerdos y el diálogo que persigue el gobierno español presenta fuertes desafíos. Solo el tiempo dirá el éxito que han alcanzado los esfuerzos del Ejecutivo de Sánchez para lograr una relación positiva con el govern català (gobierno catalań).

    Thamar Alvarez Vega
    Psicóloga y escritora
    13 de junio de 2021


    Foto: Captura de pantalla catmemoria.cat.

     

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