Una vez más el director suizo Milo Rau nos estremeció con una puesta en escena basada en hechos reales.
“Los juicios Pelicot: Homenaje a Gisèle Pelicot” se presentó en el Dramaten, cuyo escenario principal se convirtió en la sala de audiencias de un tribunal francés. La obra es una lectura dramatizada del juicio al depredador sexual que violaba y drogaba a su esposa para que otros hombres también abusaran de ella. Un juicio histórico, debido a la firme decisión de Gisèle Pelicot de que fuera público, para que la vergüenza recayera en quien se la merece: el agresor.
Por: Marisol Aliaga
“Un sacrificio en el altar de la perversión”, dijo Gisèle Pelicot, cuando vio el material gráfico que su exmarido había almacenado en su ordenador. Al principio no se reconoció a sí misma en las imágenes y vídeos de aquella mujer que, completamente sedada, era abusada sexualmente por un hombre, y otro, y otro…
Poco a poco fue siendo consciente del horror: había sido violada por su propio esposo, y además por decenas de hombres reclutados por él. Durante diez años, Dominique Pelicot había publicado avisos en Internet, ofreciendo a su esposa para ser agredida sexualmente. Recibía en el lecho matrimonial a los interesados, todo muy discretamente; drogaba a Giséle hasta que ella quedaba inconsciente para que no opusiera resistencia, y documentaba minuciosamente las violaciones. Filmaba y sacaba fotos, y guardaba el material en archivos con nombres ad, doc. en su ordenador.
Justamente gracias a que el depredador había filmado y clasificado meticulosamente las agresiones, la policía logró identificar a la mayoría de los agresores, obteniendo pruebas más que suficientes para sentar en el banquillo de los acusados a 51 hombres. Todos ellos fueron declarados culpables, en un proceso judicial que duró cuatro meses.
Quien haya asistido a un juicio sobre abuso sexual sabe que el abogado del imputado suele ser implacable con la parte demandante. Hace su trabajo. No obstante, esto resulta en que la gran mayoría de las víctimas – con toda razón – optan porque el proceso se lleve a cabo a puertas cerradas.
Este no fue el caso de Gisèle Pelicot. A poco de comenzar el juicio en Aviñón, y de enfrentar a los imputados, ella se negó a ser una víctima más, condenada al anonimato del silencio. Exigió que las audiencias fueran públicas, que se abrieran las puertas del tribunal a la sociedad francesa. Ella quiso que su historia fuera conocida “para que la vergüenza cambie de bando”. Quería lograr un cambio en la sociedad.
Y lo consiguió. No tardó en convertirse en un ícono mundial de la lucha en contra de la violencia machista, y en muchas ciudades de Francia se desplegaron carteles con esta consigna.
Esta misma consigna muestra pancarta que cuelga en la fachada del Dramaten, esa fría tarde de diciembre, cuando me dispongo a ver una obra de teatro de más de cuatro horas de duración, y sobre un tema extremadamente doloroso.
La obra de teatro del director suizo Milo Rau y la dramaturga francesa Servane Declé se presenta a sala llena. Es una obra fugaz, que se exhibe una sola vez, en distintos países. Esta es la quinta presentación en Europa, luego de su estreno en Viena. Le seguirán otras presentaciones en capitales europeas, y también en New York.
Debido a que el juicio en Aviñón no fue grabado, Rau y Declé se contactaron con periodistas que cubrieron el caso, para elaborar el texto de la obra. De esta forma, recopilaron el material, que han ido mejorando en cada nueva presentación. En la lectura dramatizada en el Dramaten también participa la escritora Sara Stridsberg, quien ocupaba la silla número 13 en la Academia Sueca cuando ocurrió el escándalo por las agresiones sexuales cometidas por Jean-Claude Arnault.
“El juicio Pelicot: Homenaje a Gisèle Pelicot” está a punto de comenzar. A diferencia de otras puestas en escena, la sala se va oscureciendo poco a poco, hasta quedar a media luz.
En el escenario, dos hileras de bancos de madera. Actores y actrices del elenco permanente del Dramaten vestidos de negro van ocupando sus lugares en los bancos. Ellas y ellos encarnan a quienes comparecieron ante el juzgado de Aviñón, al sur de Francia, en septiembre de 2024. Son Gisele Pelicot y su exmarido, Dominique Pelicot, los imputados, cuyas edades oscilan entre los 22 y los 67 años y con las más diversas profesiones. También están los fiscales, abogados, expertos, periodistas, la esposa de uno de los acusados, la hija de la pareja Pelicot.
Frente a las bancas, un pupitre con dos fiscales – o jueces – frente a sendas carpetas. Al lado derecho del escenario, un trípode para micrófono.
Al comenzar la obra la imponente voz del contratenor Viktor Priebe interpretando el aria de Purcell “The Cold Song” (La canción fría) inunda la sala y estremece al público. Esta pieza lírica transmite un dolor infinito que pareciera condensar el sufrimiento de toda una vida.
Y lo que sigue llega a veces hasta el límite de lo que uno, como espectador, puede soportar.
Los fiscales van leyendo los nombres de los imputados, cada uno de ellos se pone de pie y se declara culpable o inocente, o culpable de solo una parte de los cargos.
Uno a uno se van levantando para tomar lugar frente al micrófono. De esta forma van surgiendo los testimonios, y lo que no pudimos asimilar mediante los numerosos artículos en la prensa, se va haciendo más palpable, más comprensible.
Ingela Olsson encarna a Giséle Pelicot, una mujer de 72 años que nunca sospechó nada malo de su marido. Al contrario, formaban una pareja ideal, que vivían en una villa gozaban de la compañía de sus hijos y nietos en la idílica localidad de Manzán, cerca de Aviñón. Por supuesto, la preocupaba su pérdida de peso, sus constantes blackouts y ansiedad. Cuando comenzó a perder la memoria, temió que tenía Alzheimer, o un tumor cerebral. “Él era un buen marido”, dijo, con voz sorprendida, refiriéndose a su exesposo.
Pero cuando Johan Holmberg, magistralmente da voz a ese “buen marido”, otra imagen surge de las sombras. La insensibilidad de un hombre que aún no comprende todo el daño que ha ocasionado a su propia esposa, y que trata de excusarse refiriéndose a que, de niño, fue abusado sexualmente. Algo que, por lo demás, su propio hermano desmintió tajantemente, durante el juicio. Sin embargo, la miseria de la humanidad perdida de este violador cobra vida cuando, con sus propias palabras, cuenta lo mucho que odia a esa mujer, que debe pagar por todas las afrentas que él ha recibido. “Es una puta…se lo merece. ¡Denle su merecido!”, se le escuchó decir.
Porque, ya sabemos, una violación nada tiene que ver con sexo, sino con estructuras de poder. Con la necesidad enfermiza de algunas personas que necesitan validar su miserable existencia humillando a otros. Esta norma de conducta la conozco muy bien. Así hablan los torturadores.
Por eso cala a fondo el mensaje de Gisèle, cuando se dirige tanto a fiscales como a los periodistas: “¡Por favor omitan las frases sobre “escenas de sexo! ¡Esto nada tiene que ver con sexo!”.
También escuchamos las voces de los agresores, y de alguna de sus esposas. Los imputados son hombres de entre 22 a 77 años, con las más diversas profesiones. Ninguno de ellos dice ser un violador. Todos afirman “no haberse dado cuenta” de que la mujer que yacía en el lecho estaba completamente inconsciente. Pensaron que se trataba de una forma de sexo grupal. Puesto que era el propio marido quien ofrecía a su esposa, no podía tener nada malo.
A los imputados, Gisele les pregunta: “¿Por qué ninguno de ustedes dio la alarma? ¿Por qué nadie pudo avisar a la policía?”
Seguramente porque todos pensaron más en sus propias vidas, que en la mujer que estaba siendo violada. La mayoría son padres de familia y tienen hijos. ¿Cuántas de sus esposas sabrán lo que sus maridos hacen en la red?
Una tercera parte del tráfico en Internet está ligado a la pornografía.
La cosificación de la mujer es un flagelo global.
Los violadores no son monstruos. Son personas comunes y corrientes que provienen de todas las esferas de la sociedad, que no son capaces de juzgar por sí solos para elegir entre el bien o el mal. Lo que se denomina el libre albedrío, es algo en lo que deberíamos reflexionar más.
Porque todos los imputados pudieron elegir entre cometer el delito de violación, o negarse a ello. Todos lo cometieron. A esto la escritora y filósofa alemana Hanna Arendt denomina “la banalidad del mal”, un tema al que Milo Rau vuelve constantemente en sus producciones.
Ya al finalizar puesta en escena de esta lectura dramatizada, el contratenor Viktor Priebe vuelve al escenario para interpretar una vez más “The Cold Song”, en tanto que los fiscales van leyendo el fallo y las condenas a cada uno de los imputados. Todos ellos fueron declarados culpables de violación. Dominique Pelicot fue condenado a la pena máxima: 20 años de prisión.
“Esta historia sobre nuestra civilización y sobre esa narrativa de que nos hemos vuelto más libres y más conscientes, y de que el patriarcado ya pasó es, lamentablemente, una gran mentira”, ha dicho Milo Rau, refiriéndose a “El juicio Pelicot.
En enero de 2026 vuelve al Dramaten, con la obra llamada: “Rage”, (Furia). Estaremos atentos.
Ficha técnica:
DRAMATEN
“El juicio Pelicot: Homenaje a Gisèle Pelicot”
(”The Pelicot Trials: Tribute to Gisèle Pelicot”)
Fecha: 9 de diciembre de 2025
Sobre la obra: Un proyecto del Festival de Viena (Wiener Festwochen) en colaboración con el Festival de Aviñon
Director: Milo Rau
Dramaturga: Servane Dècle
Elenco: Hannah Alem Davidsson, Jennifer Amaka Pettersson, Rakel Benér Gajdusek, David Book, Nikola Borggård Gavanozov, Alva Bratt, Thérèse Brunnander, Alexander de Sousa, Simon Edenroth, Erik Ehn,, Magnus Ehrner, Klara Enervik, Jesper Forsberg, David Fukamachi Regnfors, Electra Hallman, Maia Hansson Bergqvist, Rebecka Hemse, Johan Holmberg, Alex Jubell, Melinda Kinnaman, Elin Klinga, Hulda Lind Jóhannsdóttir, Livia Millhagen, Cecilia Nilsson, John Njie, Razmus Nyström, Ingela Olsson, Sofia Pekkari, Rebecca Plymholt, Sofia Rönnegård, Sara Stridsberg, Lotta Tejle, Joel Valois
Cantante: Viktor Priebe