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Sábado, 09 Mayo 2020 20:22

El diario vivir en tiempos de pandemia

La gestión de cada país frente a la pandemia del covid-19 ha dado lugar a fuertes debates, sobre todo en el terreno de la política. Pero también está el día a día de los ciudadanos de a pie, que en un tiempo récord vieron restringidas sus libertades individuales elementales.  Nuestro diario vivir cambió de tal forma, que algo tan simple como ir de compras se transformó – para muchos – en una complicada misión. Desde Chile, Lilian Aliaga nos envía una columna sobre “la vida en tiempos de pandemia”.

 

 Por: Lilian Aliaga

 

Se dice que no sobrevive el más fuerte ni el más inteligente sino el que mejor se adapta a los cambios. Y pareciera ser que esta frase debiese ser el axioma que debe regir nuestra vida y nuestras conductas, hoy más que nunca.

Hoy es el cumpleaños de una de mis mejores amigas y a pesar de vivir a unas pocas cuadras de distancia, el no poder abrazarla, como cada año en esta fecha, me produce una sensación de amargura. Muy temprano por la mañana la saludo afectuosamente, a la distancia, con un abrazo virtual como nos hemos acostumbrado a hacer y como hice con mi hijo mayor tan sólo hace un mes en su cumpleaños número 44.

Pero no se puede negar la desazón que esto produce. Como cada día, en que desarrollar la rutina más habitual se hace tan difícil, que inevitablemente nos recuerda que estamos viviendo un tiempo excepcionalmente peligroso, y que si queremos salir bien parados de esta debemos adaptarnos a los cambios que ha traído consigo la vida en tiempos de pandemia.

La salida habitual a las compras cada tres o cuatro días, se ha transformado en una salida cada siete o cada diez y esto, con tantos preparativos previos y tareas posteriores, limpiando y desinfectando todo, resulta tan abrumador como cansador.

Lo primero, elaborar cuidadosamente la lista de compras, pagos, trámites, todo lo que, según la fecha, sea necesario o imprescindible. Segundo, hay que aprovechar la salida al máximo, que no quede nada pendiente. Tercero, enfrentarse a todos los cambios que durante la semana se han producido: comercios que, desgraciadamente, han ido cerrando; o han cambiado sus horarios, y tomando en consideración que la mayoría cierra sus puertas mucho antes del horario habitual anterior a la emergencia.

Sin excepción, a la fecha, en ningún lugar es posible entrar libremente. Es necesario hacer una fila antes de ingresar al establecimiento, y según la amplitud de este, un número variable de personas. Por supuesto que el uso de mascarillas es obligatorio, tanto para el personal que atiende, como para los clientes. Y muchos locales disponen de alcohol gel, que amablemente ofrecen a todos los clientes.

En la calle y en todos los espacios públicos de la ciudad donde vivo se ha generalizado el uso de mascarillas, aún cuando esta medida no se haya decretado oficialmente. Si algún porfiado insiste en “andar respirando libremente”, es mal mirado por el resto, se lo hacen notar y se le recuerda que él/o ella debe “atinar” o abandonar el local.

En algunos supermercados se efectúa toma de temperatura antes de permitir el ingreso. También han marcado líneas direccionales en el piso de los pasillos para evitar que los clientes se encuentren cara a cara. Variados productos que antes uno podía elegir a su gusto, se presentan ahora envasados, para evitar que las personas los manoseen. Además, se han diferenciado las puertas de entrada y salida, se trata de ir todos en la misma dirección.

Todas estas medidas han sido implementadas por las administraciones de los comercios o por sus propios dueños, y han sido muy bien recibidas por la gran mayoría del público.

No obstante, como toda regla tiene excepciones, de tarde en tarde se ven discusiones: algún cliente sin mascarilla que reclama airado por “no estar enfermo” o porque “no se ha decretado el uso obligatorio de esta medida en la ciudad”, al no ser atendido por un vendedor que se niega a hacerlo en tanto el consumidor no cumpla con las medidas que rigen en el local.

O, al revés, un vendedor que no usa mascarilla y es increpado por un cliente que lo amenaza con no volver a comprar nunca más en dicho lugar.

Definitivamente es imperioso adaptarse a los cambios que ha traído la pandemia, ya sea nos gusten o no.

Es simplemente cuestión de sobrevivencia.  

 

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Lunes, 09 Diciembre 2019 14:44

El negocio de la salud en Chile

El neoliberalismo brutal que se implantó en Chile en los ochenta ha desangrado durante décadas a un país que ahora dice ¡BASTA! indignado de que le roben hasta sus derechos más básicos.

Desde allá nos llega el testimonio de lo que significa sufrir a diario el modelo económico que vendió todo: la salud, la educación, las pensiones. El gobierno se jacta de tener “la sanidad más eficiente de América Latina”. Pero la salud es un negocio donde los pacientes pasaron a ser clientes.

 

 Por: Lilian Aliaga, enfermera universitaria

 

Recuerdo con toda claridad el día en que siendo parte del equipo profesional de salud del departamento de pediatría del Hospital del Teniente, fuimos llamados a reunión por el médico jefe de Servicio. Dicho hospital atendía a trabajadores y familiares de la minería del cobre de la división El Teniente con sede en la localidad pre cordillerana de Coya, cercana a la ciudad de Rancagua.

 

A la fecha, a fines del  año 1982 yo llevaba nueve años ejerciendo como Enfermera Pediátrica.  Las palabras del  médico jefe:

 

- Estimados colaboradores, desde hoy se deja de usar el término paciente para referirse a nuestros usuarios, en adelante, serán llamados “clientes”.

 

Eso, y los cambios que se vendrían en adelante, al transformarse  nuestro querido y familiar hospital  en una ISAPRE (Institución de salud previsional), al amparo de la Constitución de 1980, y comenzar a recibir “clientes potencialmente ventajosos” -  económicamente hablando - supondrían tal antagonismo con mis principios, que empecé a considerar seriamente la posibilidad de dejar mi bien remunerado trabajo. Eso, en una época en que debido a la crisis económica del país, en plena dictadura, parecía a juicio de todo mi entorno una verdadera “locura”.

 

Afortunadamente conté, debo decirlo, con el apoyo incondicional de mi esposo, quien estuvo dispuesto a llevarse todo el peso de la carga familiar. Vale decir que todos los trabajadores fuimos obligados a ser parte de esta ISAPRE con un nuevo contrato de trabajo. Y los pocos que no cedieron a las medidas de presión y se negaron,  fueron enviados a puestos en condiciones muy  distintas y estresantes.

 

En mi caso, renuncié.

 

Todo lo anterior se me viene a la memoria cuando, como tantos y tantas compatriotas, me toca en suerte ver y sufrir de cerca lo que significa el actual modelo de salud en Chile implantado en aquella época:

 

Hace algunos días, mi mejor amiga y vecina, de 81 años de edad, sufrió un fuerte ataque de dolor abdominal, que no mejoró con los cuidados que recibió, razón por la que tuve que llevarla al servicio de urgencia del hospital local, a 35 kilómetros de nuestra localidad. 

 

Con todas las aprehensiones del caso, dada la situación que se vive en la mayoría de las ciudades “bajamos” a San Fernando a las 23 hrs llegando al hospital alrededor de las doce de la noche.  Allí, luego del correspondiente control de signos vitales, esperamos por más de tres horas la atención médica. Fueron horas angustiantes, en que con desesperación veía como mi amiga se retorcía de dolor, al igual que otros pacientes. Uno de ellos, incluso, golpeaba los muros, preso de impotencia y de intenso dolor.

 

A las 10 de la mañana, luego de exactamente 10 horas de internación y de los procedimientos y exámenes del caso, el médico cirujano de turno nos explica que el problema es una obstrucción de vías biliares. Es necesaria una o tal vez dos operaciones, pero, previamente debe hacerse un examen en forma particular, una resonancia magnética.

 

Los hospitales públicos no cuentan con estos equipos. Con dicho examen y la orden de consulta urgente en cirugía tendría -  supuestamente - asegurada la hora para la operación dentro de una semana. También y ante nuestra inquietud, nos explica que el dolor y molestias no cederán hasta que sea operada.

 

Ante esto, uno de los hijos de mi amiga, que vive en Santiago, vino a buscarla, y el día sábado se la llevó  directo a una reconocida clínica en Maipú, (Santiago).

 

Sin embargo, a las ocho de la noche, recibo un llamado de mi angustiada y aún muy dolorida amiga contándome que luego de una ecotomografía que le hicieron en la clínica, la doctora le había explicado que sus exámenes mostraban que corría el grave riesgo de sufrir ruptura de la vesícula, peritonitis, septicemia e incluso, morir.

 

Era necesario operarla de inmediato, la operación tendría el costo de siete millones de pesos. Me desespera sentirla tan angustiada por dinero al mismo tiempo que se encuentra sufriendo fuertes dolores. No es justo.

 

Pero cuando finalmente ella y su familia están dispuestos a endeudarse más allá de sus límites, con tal de que la operen a la brevedad, surge el más insólito de los problemas:

 

Para ser ingresada deben  hacer un pago de $1.500.000 en efectivo …no sirven de nada las buenas intenciones de un par de familiares solventes y residentes en el sur, dispuestos a hacer de inmediato una transferencia bancaria por la suma requerida, el pago debe ser en billetes.

 

¿Quién porta esa suma de dinero en efectivo un sábado por la noche? O ¿cómo se traslada de manera inmediata esa cantidad de dinero de un lugar a otro?

 

Resultado, el hijo de mi amiga, previo pago de $300.000, por las horas de estadía y exámenes, se ve obligado a sacarla de allí, incluso corriendo el riesgo de peligro de muerte, según le habían dicho, y la traslada al hospital público de Maipú.

 

A pesar de las carencias y como en todo servicio público, es recibida. Con el detalle de que debe esperar durante quince horas hospitalizada en una camilla, antes de tener la fortuna de acceder a una cama.

 

Hasta la fecha, mi  amiga lleva 10 días internada, y aunque recibe buena atención y está bien cuidada, todavía no ha logrado ser operada. Sigue con molestias y dolores que son paliados con fármacos. Cada día está en ayunas, a la espera de ser operada, y cada día surgen situaciones de enfermos en condiciones más urgentes que la de ella, que al menos está estabilizada. Estos pacientes son priorizados y ella sigue en espera de un cupo en pabellón, con un evidente deterioro de su salud, ya no tanto física sino mental. Percibo signos de depresión preocupantes en los mensajes que me envía día tras día.

 

Cuando las demandas ciudadanas por una salud digna, entre tantas otras demandas, se han tomado las calles, me ha parecido pertinente contar esta historia que es la de miles y miles de compatriotas.

 

Entre estas también está la mía. Este 10 de diciembre, y luego de más de dos años de espera, tengo cita con un especialista en otorrino-laringología y que dadas las circunstancias actuales, tal vez quede postergada indefinidamente.

 


Imagen de una de las tantas demandas del estallido social en Chile. Foto: Theclinic.cl.

 

 

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Martes, 11 Septiembre 2018 23:47

Te recuerdo, Miguel

El golpe de Estado del 73 no solo dejó hondas cicatrices en la memoria histórica en Chile. Dejó también innumerables historias que nunca fueron contadas, y que, si no las traemos a la luz, nunca iluminarán nuestro futuro.

Esta crónica de Lilian Aliaga rescata a uno de esos héroes anónimos que cayeron luchando por un mundo mejor.

 

 Por: Lilian Aliaga

 

Sentada en frente de una hoja en blanco intento plasmar las emociones que me invaden luego de escuchar las diversas opiniones que difunden los noticieros en relación con los últimos acontecimientos que se han venido desarrollando en Chile:

 

La acusación constitucional a los jueces del Tribunal Supremo de la nación, que concedieron libertad a prisioneros de Punta Peuco condenados por delitos de lesa humanidad.

 

Los esfuerzos de algunos para hacer valer su opinión de “poner en contexto” los hechos ocurridos durante la dictadura, como si existiese “un contexto” que validara tanta crueldad y tanto ensañamiento con tantas miles de víctimas.

 

Algunos, los de siempre, tratando de defender lo indefendible, quizás con el objetivo en mente de que algún día el olvido le gane a la memoria y las nuevas generaciones lleguen, tal vez, a negar lo ocurrido ese 11 de septiembre de 1973, diciendo que fue un “montaje”. Como ocurre también en relación con el Holocausto, con los llamados “negacionistas”.

 

Ante esto, con la esperanza y la convicción de que no podemos dejar que esto ocurra, y dejándome llevar más por el corazón que por la razón, escribo por vez primera acerca de mis vivencias personales de aquellos días:

 

El radiante sol de primavera y el persistente viento más bien frío me retrotraen a aquella mañana de septiembre del 73, cuando con apenas 20 años deambulaba por cada centro de detención en Santiago y alrededores en busca del hombre que me había robado el corazón.

 

Un hombre soñador, amante de los perros callejeros y de las palomas. Cantor y poeta que, como tantos jóvenes idealistas de aquella época, había cruzado la cordillera de Los Andes para venir a conocer esta insólita llegada al poder por la vía democrática. La vía pacífica de un gobierno que representaba sus ideales, tan pisoteados en su propio país por las sucesivas dictaduras militares.

 

Recuerdo las largas y apasionadas conversaciones sostenidas en el salón comedor de la UNCTAD, donde con frecuencia y por muy poco dinero, comprábamos nuestros almuerzos muchos universitarios pobres como yo, que estudiábamos gratuitamente. Trabajadores, intelectuales, artistas y un mundo variopinto de personas en un ambiente imposible de describir por su diversidad y efervescencia.

 

Hoy tú ya habrías pasado los 70 años, y si los sueños de aquella época se hubiesen hecho realidad, viviríamos tal vez más al Sur, en una casa pequeña de paredes muy blancas y rodeados del espacio suficiente para acoger a tantos perros como hubieses podido rescatar de la calle.

 

Pero tu destino fue otro y tú, que tan sólo tenías tu inseparable cuaderno y tu lápiz como únicas armas, fuiste uno más de los caídos en aquel desigual e injusto combate.

 

En marzo de 1974, mi peregrinar terminó abruptamente cuando tus restos, o lo que dijeron que eran, fueron enviados a tus padres, quienes nunca lograron tener la certeza de que habían recibido el cuerpo de su hijo.

 

Supe por testigos, muchos años más tarde, que fuiste atrozmente torturado antes de morir, te mataron a punta de golpes. Tu estatura, tu pelo claro ensortijado y tus bellos ojos color de miel eran una amenaza. Te veían como un fiel representante de un “enemigo de la patria”, como me espetó un soldado cuando mencioné tu nombre y tu nacionalidad, luego de horas de espera a pleno sol, frente al Ministerio de Defensa, en Santiago. Me respondió con una rabia tal, que sentí miedo. Me apuré en irme y me quedé con la sensación de que me seguían.

 

Sin darme cuenta, finalmente, dirijo mis palabras a ti, Miguel, y en tu nombre rindo homenaje a los miles de hombres, mujeres y niños que corrieron tu misma suerte. A todos quienes vieron sus vidas trastocadas, sus sueños destrozados, y a quienes el destino llevó, a raíz de tan aciagos acontecimientos, por rumbos jamás imaginados.

 

Lilian Aliaga

11 de septiembre de 2018

 


Foto: Eldesconcierto.cl. 

 

 

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31 de mayo de 2015 | COLUMNA |

 

Por:  Lilian Aliaga

 

Está llegando a su fin el otoñal mes de mayo, que este año se presentó con extremos climáticos históricos en Chile. La más alta temperatura, desde que se efectúan mediciones, se registró en Santiago el día 19 de mayo, alcanzando los 31.6° grados Celsius. Hacia fin de mes el frío también ha sido inusual para la época en una amplia zona del centro sur del país, llegando la temperatura mínima a 5 grados bajo 0, en la madrugada del 23 de mayo en la ciudad de Santa Cruz.

Pareciera esto un reflejo de la polaridad de nuestra sociedad actualmente.

Penoso resulta leer las noticias o conocer las opiniones de una amplia gama de personas frente a hechos tan deplorables como han sido los registrados durante este mes en nuestro país:

El fallecimiento de dos jóvenes universitarios el jueves 14 de mayo en la ciudad de Valparaíso, finalizada una marcha estudiantil en demanda de mayor participación en las reformas educacionales impulsadas por el gobierno de la presidenta Bachelet.

Los jóvenes, de 18 y 24 años respectivamente, murieron al ser alcanzados por balazos efectuados por otro joven hombre, de 22 años de edad, quien, según testigos e información de prensa, les habría disparado en el contexto de una discusión y pelea entre su padre y unos chicos que estaban efectuando rayados en las paredes del edificio en el cual vivían. Lo paradójico es que quienes resultaron fallecidos no fueron los directamente involucrados en el altercado sino otros estudiantes, que se encontraban a cierta distancia de estos hechos, después de haber participado en la marcha estudiantil.

Las reacciones frente a esto han sido contrapuestas, especialmente entre quienes le han dado una interpretación netamente política a un hecho que tuvo un carácter más bien delictual, esto debido a la militancia en el Partido Comunista de los estudiantes fallecidos. También esa connotación le dio a lo acontecido la mayor parte de la prensa internacional. En este contexto, en las redes sociales se ha podido leer comentarios muy diversos: están quienes, increíblemente, dicen alegrarse de que haya “dos comunistas menos” o que “han muerto en su ley”, y por otra parte aquellos que sostienen que los jóvenes son mártires víctimas del resultado de “una política neoliberal en la cual se valora más la propiedad privada, que la vida humana”.

Estos deplorables hechos, que significaron la pérdida de la vida de dos estudiantes y la de un derrumbe total en la vida del tercero implicado, con terribles secuelas para las tres familias involucradas son una dolorosa muestra de la violencia y la falta de respeto por el otro que lamentablemente afecta actualmente a nuestro país. Es común saber de reacciones desmedidas en la vida cotidiana, en diversas situaciones y lugares a lo largo de nuestro país.

Pareciera que demasiadas personas arrastran una gran dosis de ira contenida y a punto de estallar, frente a cualquier situación surge la polarización, que afecta a nuestro país desde los aciagos días del golpe militar, como un verdadero estigma en nuestra sociedad.

Lamentablemente en estos momentos también la vida de otro joven estudiante universitario está en riesgo. Rodrigo Avilés, de 28 años, estudiante de Letras en la Universidad Católica de Santiago, se debate entre la vida y la muerte. Ello, a raíz de un grave traumatismo cerebral debido a un fuerte golpe en la cabeza tras sufrir una violenta caída al ser impactado a corta distancia por el potente chorro de agua del carro policial lanza agua, conocido como “guanaco”. El hecho se produjo durante las manifestaciones y posteriores disturbios en ocasión del mensaje anual al país de la presidenta Bachelet, el día 21 de mayo en el Congreso, en Valparaíso. Este hecho, repudiado por amplios sectores y justificado por otros, está siendo motivo de investigación, y el padre del joven afectado ha llegado hasta La Moneda para conversar con la presidenta no sólo para pedir justicia para su hijo, sino además para pedir, como abogado, que se revisen los procedimientos policiales de represión a las manifestaciones públicas.

Las imágenes de otra joven estudiante, siendo brutalmente empujada y golpeada por dos policías, en esa misma manifestación, han sido ampliamente difundidas en los medios y en las redes sociales.

El sentir de muchos, pero no de todos, obviamente, es que no es posible que en democracia la fuerza policial actúe con la misma violencia con que lo hizo en dictadura.

Lo más grave, a juicio del padre de Rodrigo, es la reacción de la institución policial, cuyos altos mandos negaron en un primer momento que el accidente de su hijo se debiera a la acción de sus funcionarios, a pesar de los numerosos testigos que decían lo contrario. Recién casi una semana después de lo ocurrido y ante las impactantes imágenes aéreas obtenidas mediante un dron por una agencia de noticias y hechas públicas por Televisión Nacional, la institución reconoció su responsabilidad dando de baja al policía responsable de la manipulación del sistema lanza agua (pitonero) e iniciando un sumario para establecer otras responsabilidades. Las imágenes muestran claramente como el chorro de agua es lanzado a gran presión directamente hacia el joven, a unos cuatro metros de distancia, haciéndolo caer violentamente de espaldas. Los hechos están ahora, además, en manos del Ministerio Público, siendo la Fiscalía Nacional la encargada de esclarecerlos.

Y para finalizar un “mes para el olvido” el día jueves, distintas organizaciones de estudiantes convocaron a tres marchas durante el día, siendo la más controvertida la organizada por los universitarios (Confech) que fue autorizada para realizarse en la Alameda Bernardo O'Higgins de Santiago, contra todo lo que el sentido común dijese, a las 20 hrs., es decir, prácticamente por la noche, con los resultados temidos por toda la ciudadanía y especialmente por los comerciantes de los sectores aledaños que sabían que sufrirían las consecuencias del vandalismo con el cual, como es habitual, terminan todas las convocatorias estudiantiles. Más aún cuando en virtud de los últimos acontecimientos, carabineros tenía órdenes de ser moderados en su acción y mantenerse a distancia de los manifestantes.

La paradoja es que el motivo de esas convocatorias era justamente reclamar por el uso excesivo de la fuerza policial.

¿A quién reclamar por la delincuencia desatada al amparo de las manifestaciones estudiantiles o de cualquier otro estamento social?, sabido es que todas estas convocatorias son aprovechadas por los “encapuchados de siempre”, delincuentes organizados, para destrozar y saquear todo a su paso. Es la pregunta que queda sin repuesta. Por otra parte, hay quienes sostienes que esos encapuchados son contratados y pagados por quienes quieren crear inestabilidad y desconfianza.
Esta vez, sin embargo, las críticas al Intendente de la Región Metropolitana, han venido de todos los sectores, incluso de partidarios del gobierno. Nadie puede entender que se haya brindado al lumpen la ocasión de delinquir al amparo de la obscuridad y en condiciones especialmente ventajosas. El Intendente Orrego se defiende diciendo que "Son los estudiantes quienes deben reflexionar acerca del horario en que llaman a sus movilizaciones", por su parte estos responden que les fue sugerido este horario por el propio aludido pues ellos la programaban para las 19 hrs. Sea como fuere, una hora no habría hecho diferencia, es lo más probable.

Lamentablemente lo que fue la más grande convocatoria estudiantil en lo que va del año, terminó siendo también, la de mayor violencia, con más de veinte locales comerciales saqueados, tres de ellos con destrucción total, tras ser incendiados. Numerosos daños al patrimonio público e histórico. Doce carabineros heridos, dos de ellos con graves quemaduras, y más de un centenar de detenidos.

Queda atrás un mes de mayo marcado por estos tristes acontecimientos que contrastan con la belleza de un otoño que ya deja paso al frío invernal. No pierdo la esperanza que las bajas temperaturas contribuyan a enfriar los ánimos, que la vida de nuestro país se desarrolle en mayor armonía y respeto y no tengamos que lamentar más pérdidas de vidas humanas. Sé que puede parecer un corolario simplista, pero no quiero adherir a los que vaticinan que vamos por un despeñadero “igual que en los 70”. Se dice que “la esperanza es lo último que se pierde”, y quiero mantener la fe en que todos los sectores reflexionen y unan sus voluntades para logremos tener un país en el que tengan cabida todas las expresiones, en un marco de respeto por la vida y también por el patrimonio de todos.

 

 

 

 

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